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El Poder de Andrés Manuel

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El Poder de Andrés Manuel

Por: Diego Fernández Gómez-Salas (@DFG_Diego)

 

Dejando a un lado cualquier credo político, se puede aceptar que lo que Morena hizo el pasado 1º de julio es relevante por su peso democrático, pero sobre todo, por su trasfondo histórico. Andrés Manuel López Obrador llegará a la presidencia de la república con un aparato de poder que hace décadas no se veía en México. AMLO no logró convencer sólo gracias a él y su innegable liderazgo, fue la circunstancia nacional lo que lo hizo ganar la presidencia. El hartazgo social, sumado a su promesa de “aniquilar la corrupción” y a su llamado a una “cuarta transformación nacional”, han puesto grandes expectativas en el próximo presidente.

López Obrador acabó con un sistema para recordarnos la estructura de un viejo sistema. Con un 53% de preferencia electoral (33.7% de la lista nominal) y con mayoría morenista en Congreso de la Unión y en Congresos locales, AMLO tendrá políticamente el país en sus manos.

Este fenómeno no se veía desde tiempos de aquello que Daniel Cosío Villegas llamó la monarquía sexenal, misma que fue representada por el Partido Revolucionario Institucional que ostentó el poder absoluto en México durante décadas, evitando a toda costa los necesarios pesos y contrapesos, cambiando cada seis años el rostro del presidente, pero no el partido ni la identidad autoritaria de la institución presidencial.

El denominado Priato fue un régimen monopartidista que imperó en México desde la fundación del partido único de gobierno (1929) hasta la deconstrucción de esta máquina de poder iniciada con una serie de conflictos sociales y seguida de reformas constitucionales, transformaciones de instituciones y la consecuente evolución del panorama social y político mexicano.

En esos tiempos, el PRI era el poder y el poder era el PRI. La silla del águila se heredaba como trono, no se disputaba realmente por las vías institucionales. El presidencialismo corporativista estaba compuesto por un partido hegemónico que se presentaba como “democrático”; una presidencia de la república autoritaria con poderes constitucionales y meta-constitucionales; los cuerpos políticos que, al estilo del corporativismo italiano, eran fieles al presidente y estaban encuadrados en siglas (CTM, CNOP, CNC, CROM, STPRM, etcétera); los medios de comunicación al servicio del gobierno; la inexistencia de opciones partidistas competitivas; y una estructura electoral viciada con normas e instituciones dominadas por el poder Ejecutivo. Esto último facultaba al presidente en turno para designar a su sucesor a través de un ritual denominado “El Dedazo”, mismo que consistía en la designación del candidato del PRI por el mismo presidente saliente. En 1957, en una publicación satírica, Narciso Bassols describió este proceso de designación:

 

México va a saber quién será su próximo presidente, no en julio del año que entra [día de las elecciones], sino en octubre o noviembre del año actual [meses en los que el presidente elegía a su candidato]. Sin enemigo a la vista, sin contienda verdadera, el candidato que el presidente escoja ocupará la silla presidencial que él abandone.

 

La vieja usanza autoritaria -camuflada en democracia- se convirtió en el modus operandi de la política nacional, misma tradición que caería en el ridículo, en el descaro, en el fraude. Durante las elecciones federales de 1976, José López Portillo se hizo presidente con un 92% de los votos. A pesar de la participación de los ciudadanos en la jornada electoral, el único candidato presidencial con registro oficial fue López Portillo, es decir, solamente hubo una opción legal en la boleta electoral. Este absurdo conllevó a un descontento nacional que abriría espacio de diálogo a la oposición de izquierda y de derecha, sumando a la sociedad civil, buscando exigirle al entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, el inicio de la construcción de la democracia mexicana. Por medio de audiencias públicas y cartas se comenzó a debatir una verdadera forma de gobierno democrática que tuviera como eje la incorporación de las instituciones políticas a la Constitución, la apertura de posibilidad de registro de nuevos partidos y la modificación de la fórmula de integración de la Cámara de Diputados.

andres manuel lopez obrador presidente de mexico amlo en el zocalo

En 1988, un fraude electoral llevaría a Salinas de Gortari a la presidencia. El engaño fue orquestado por Manuel Bartlett (hoy de Morena) quien, al fungir como titular de la Secretaría de Gobernación, presidía la Comisión Federal Electoral, órgano político dependiente de la Segob que gestionaba y controlaba los procesos electorales del país. La caída del sistema la noche del cómputo de los votos se tradujo a un esfuerzo conjunto de partidos políticos y organizaciones de la sociedad civil para buscar dar transparencia a los procesos electorales por venir. En 1990, la Comisión Federal Electoral se convirtió en el Instituto Federal Electoral (INE desde 2014), siendo a partir entonces la máxima autoridad administrativa en materia electoral que prometía la organización ciudadana de elecciones limpias y efectivas.

Después de veinte años de la primera reforma de López Portillo, cuatro presidentes priistas y diversas modificaciones constitucionales, en 1997 el presidente Ernesto Zedillo abrió la puerta a la pluralidad política en el ámbito nacional, esto propiciaría la alternancia democrática en el año 2000, misma que fue liderada por el candidato presidencial del Partido Acción Nacional, Vicente Fox Quesada.

Su original incapacidad para consensuar llevó a los panistas a la perdición. Dos sexenios del PAN repletos de pleitos entre ellos, con decisiones anacrónicas e inexperiencia en gobierno fueron necesarios para que los mexicanos cayeran en la decepción, dejando atrás la esperanza y optando por regresarle el poder al PRI con el pretexto de que los priistas robaban, pero al menos sabían gobernar.

Bajo la promesa de un “Nuevo PRI”, Enrique Peña Nieto fue electo presidente en 2012. El desarrollo de su sexenio estuvo en el foco de las redes sociales, bajo la constante presión de la crítica de sus acciones fallidas. El resultado de sus decisiones fue catastrófico para su propio partido, pues dejó claro que el Nuevo PRI robaba mejor que como antaño, pero había perdido su capacidad para gobernar.  

Después de lo acontecido la noche de las pasadas elecciones presidenciales, tal vez el PRI haya aprendido que, en las democracias representativas, el precio que se paga por la corrupción de algunos es el repudio de todos. Hoy ese partido está desmembrado y los únicos culpables son los mismos priistas que durante años compraron su impunidad robando a manos llenas y compartiendo el botín con sus controladores.

Con cuatro años de existencia, Morena supo apropiarse del humor colectivo, de la decepción y del hartazgo. El partido de Andrés Manuel López Obrador logró acabar —en apariencia— con el poder invisible (la mafia del poder), terminó con el sistema, pero no con los remanentes del mismo. En otras palabras, las filas morenistas están repletas de viejos rostros que fueron parte de lo que AMLO prometió destruir.  

A pesar del gran poder del próximo presidente, las distintas ideologías e intereses dentro del partido monolítico que él mismo creó harán que Morena se divida en algún momento del sexenio, dando a luz a nuevas tribus de choque en la institución que hoy es la fuerza política más importante de México.

Hoy no podemos dudar que en este país la democracia ha comenzado a echar raíces, pero aún falta mucho por construir. El voto de los mexicanos contó a favor o en contra de lo que ahora ya es un hecho. El abstencionismo también tuvo sus consecuencias.

El eco de esta decisión deberá seguir sonando durante los años venideros. Los simpatizantes y los opositores del próximo gobierno seremos corresponsables en la función del próximo presidente, pues con el voto no termina la participación democrática. A través de la crítica, la exigencia, el análisis propositivo y las acciones individuales deberemos buscar el bien colectivo. La dicotomía y la incongruencia que representa el próximo presidente deberá ser puesta en la óptica de la duda y la propuesta ciudadana para exigir las mejores decisiones para el país. Los únicos que podremos representar un contrapeso durante los primeros tres años de López Obrador somos los mismos ciudadanos. Una vez que el presidente electo tome posesión como presidente constitucional, éste se convertirá en representante de la nación, dejando atrás la imagen del benefactor de sus simpatizantes, del peligro para México de sus detractores. En ese momento, el presidente dejará de buscar intereses de particulares para enfocarse —teóricamente— en la satisfacción del interés común de la nación que lidera.

La crítica a un candidato presidencial es válida, pero la exigencia a un presidente de la república es necesaria. Así se hizo con Peña Nieto, así se hará con López Obrador. Nuestro pasado político debe ser comprendido, no sólo recordado. Es preciso voltear la vista atrás y tener presente aquel mito mexicano de un Señor Presidente con poder absoluto para evitar revivir aquella monarquía sexenal. Para dejar de alabar, de satanizar y comenzar a evaluar la realidad.

Hoy Andrés Manuel se prepara para una sexenio con un poder que puede generar incertidumbre o mantener la ilusión. Empero, las predicciones son peligrosas cuando en ellas se proyectan inquietudes preocupantes o adulaciones irracionales. Lo que es cierto es que sólo con optimismo y confianza personal se podrá lograr que nuestra vocación individual coincida con el quehacer colectivo. En democracia y frente al poder desequilibrado, la ciudadanía crítica es lo último que se debe desgastar.   

 

Lee más: “AMLO: El portero del paraíso”

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Bibliografía

 

  1. Bobbio, Norberto, El futuro de la democracia, México, Fondo de Cultura Económica, 2001.
  2. Bartra, Roger, La democracia fragmentada, Ciudad de México, Penguin Random House, 2016.
  3. Cosío Villega, Daniel, El estilo personal de gobernar, México, Joaquín Mortiz, 1988.
  4. Florescano, Enrique, Mitos Mexicanos, Ciudad de México, Penguin Random House, 2015.
  5. Woldenberg, José, Historia mínima de la transición democrática en México, Ciudad de México, Colegio de México, 2012.
About The Author

Estudiante de Administración Pública y Gobierno. Escritor.

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