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El periodismo en una tormenta amarilla

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El periodismo en una tormenta amarilla

Separar la ficción de la realidad en un mundo donde muchas veces la realidad parece ficción, es una tarea difícil de lograr. En la actualidad los efectos especiales llegaron a niveles inimaginables, la política se convirtió en entretenimiento, las guerras están llenas de morbo y las estrellas de la farándula tienen un cargo político importante. Todo se ha fusionado en un solo monstruo: amarillismo.

Lo absurdo se predica y lo serio ni se voltea a ver. El escándalo como manera de informar es el pan de cada día en muchos medios periodísticos, lo podemos percibir cada vez más seguido. El fenómeno del amarillismo hace metástasis para incrementar las ganancias a punta de miradas curiosas y entretenimiento. Se ha sufrido una transmutación radical: ahora las noticias son un producto para los consumidores, deformando así el fin mismo de informar. 

La mayoría de los medios se ha convertido en medios de desinformación, un arma letal para manipular. El reto de hoy, como periodistas —que todavía creemos en nuestra vocación— es conseguir la verdad en una “realidad” que, irónicamente, han convertido en ficción.

Tenemos toda la información en nuestras manos, a pesar de que el internet como herramienta para el periodismo funciona a favor y en contra. En vez de educar, puede distraer y generar desinformación, todo depende del uso que le demos, cómo generemos el mensaje y nuestras intenciones como emisores. La desinformación —especialmente cuando tiene objetivos— separa a la sociedad en vez de construir.

El periodismo que hoy hace falta navega en ese claroscuro que ofrece el internet. Entre las gigantes olas de información hay que saber nadar profesionalmente para no ahogarse. Nuestra vocación usa ese océano de datos a su favor para combatir sus propios males. Es decir, permite llegar hasta la fuente de información para refutar las falacias que muchas veces se publican en la misma red.

Nuestra función en este mundo de redes tan cambiante es la de saber cómo verificar si toda la información que se presenta ante nosotros es cierta o no. Casi ningún medio hace este trabajo de comprobación. Se supone que la esencia del periodismo es la búsqueda de la verdad, no solamente vender. Para sobrevivir lo ideal es conseguir un balance entre las dos, pero el tema económico suele presionar al medio hasta el punto de deformar el fin de comunicar.

Los medios de comunicación deberían de asegurar tener en su equipo a periodistas éticos —y bien pagados— que se dediquen a buscar los hechos verificados. Que sus noticias llamen la atención porque al fin de cuentas, son noticias escritas con la verdad. El trabajo debería de hacerse con formas creativas, éticas y pasión para que el amarillismo no sea necesario para despertar la curiosidad de las masas, sino que ésta surja por haber sorprendido al lector con un trabajo riguroso.

Se entiende “verdad” como la adecuación de un conocimiento a la realidad. Todos tenemos una pieza de esa realidad que construimos a través de la percepción y la razón. Los periodistas dependemos de esos fragmentos para armar los mensajes, pero primero debemos tener la certeza de que las piezas estén de acuerdo a la verdad.

Es así como deberíamos de aprovechar el océano de información que tenemos para navegar sin hundirnos y combatir la tormenta amarillista que engaña a los lectores y los convierte en ignorantes. Pero además, los periodistas tienen que cuidarse y luchar para no dejarse llevar por la corriente.

El reto es informar y educar para que las personas puedan tener un criterio más elevado que les permita exigir contenido de calidad, siempre basado en la verdad. Es un círculo vicioso que se rompe cuando nosotros como periodistas buscamos mejorar y sobrepasamos al promedio que no tiene nada nuevo —ni bueno— que aportar. ¡Tenemos las herramientas, no hay excusas! Cuando se da lo mejor como profesionales, ayudamos a la sociedad construir ese rompecabezas que llamamos realidad, una que no esté maquillada de ficción. 

 

Texto publicado originalmente en la Revista Vice Versa

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